Barcelona 80 años después

05 October 2017

En 1937 Barcelona vivía la utopía de una sociedad igualitaria. Como en ningún otro momento ni lugar de la historia, los trabajadores organizados a través de la CNT, la central obrera anarquista, tomó el control de los medios de producción en la ciudad.

 

Desde la revolución industrial de fines del siglo XVIII, pensadores, activistas, líderes políticos, reformadores sociales, se esforzaron por buscar alternativas a la escandalosa desigualdad que se vivía entre obreros y burgueses. Nacieron las ideas socialistas de distinto signo. Algunos proyectos nacieron fallidos como los falansterios de Fourier, pero de esos fracasos nació luego el cooperativismo, las empresas autogestionadas por sus asociados. La idea que más éxito tuvo y que más rápidamente se expandió por el mundo, fue el comunismo de Marx, con su sólida e implacable lógica científica. Pero en algunos lugares, los obreros (sujetos y protagonistas de estos intentos de reforma social) se inclinaron por una corriente política menos precisa, pero más romántica y más idealista: el anarquismo.

Los anarquistas no querían un estado revolucionario, nada de dictaduras del proletariado, es más, nada que limite la libertad del hombre. En la Barcelona de los años ’30 los obreros habían optado por el anarquismo. En medio de las jornadas agitadas que se vivían en toda España, los anarquistas catalanes alcanzaron un claro predominio entre los trabajadores, y en las calles. Pero, por sus principios, no podían tomar el gobierno (ya que eran enemigos del estado), produciéndose una paradoja que solucionaron haciendo un precario acuerdo con el Presidente de la Generalitat de Catalunya Lluis Companys quien se quedó con el poder político, mientras la CNT (Confederación Nacional del Trabajo) comenzó a “colectivizar” las industrias y todos los resortes de la economía. Lo hicieron con tanta organización que rápidamente los transportes públicos, los teléfonos, y muchas industrias públicas y privadas, funcionaron con mayor eficiencia de la que venían registrando bajo compañías privadas.

Pero las cosas fueron difíciles. No solo había que hacer que la nueva sociedad funcione, había adelante una guerra frente a un enemigo poderoso, el histórico ejército colonial español, con la ayuda de la Lutwaffe, la fuerza aérea alemana, miles de soldados del ejército fascista de Mussolini, y todo el poderosos armamento de lo que luego sería el Eje Roma Berlín, en la Segunda Guerra Mundial. Y por más que eso parezca una enormidad, los anarquistas también fueron capaces de hacer un ejército de obreros, con la disciplina y el coraje suficientes como para mantener a raya a los fascistas. Con la mítica figura de Buenaventura Durruti como liderazgo, las milicias obreras pelearon palmo a palmo cada metro de territorio español durante tres años. Pero había aún más, las fuerzas que defendían la revolución social catalana también tuvieron serios problemas con sus propios aliados. En Mayo de 1937 hubo violentos enfrentamientos en toda Cataluña, entre las milicias anarquistas y las fuerzas de seguridad de la Generalitat, apoyadas por el gobierno republicano de España, luego de que el frágil acuerdo al que habían llegado tambaleaba. Estos hechos fueron conocidos bajo el poco original nombre de “Semana Trágica”. Los enfrentamientos fueron duros, y a partir de ellos, se demostró una fractura entre los anarquistas: por un lado quedaron las milicias que ponían toda su prioridad en la guerra contra el fascismo y por el otro, las juventudes que soñaban con profundizar la revolución social.

Hoy, ochenta años después de aquellos hechos que empezaron a sepultar el sueño de la sociedad igualitaria en Barcelona, más de cuarenta años después de terminada la dictadura de Franco, cuando en España se comenzaba a apagar la violencia de la ETA y otros grupos armados, justo cuando parecía que la nueva España se olvidaba de su pasado, de sus enfrentamientos, incluso de sus muertos, la violencia vuelve a las calles. Los catalanes han cambiado, hoy son muy pocos los que piensan en una sociedad igualitaria, Cataluña es rica y quiere ser más rica. Pero del otro lado las cosas no cambiaron casi nada. El gobierno de la Alianza Popular de Fraga Iribarne necesitó una provocación muy pequeña para volver a soltar a su enano fascista interior (que imaginamos con la cara regordeta del generalísimo y el clásico sombrero tricornio de la guardia civil de las películas de Berlanga).

Barcelona no solo nos queda cerca por el fútbol. La mayoría de los argentinos que viven en España, están en Barcelona. Por otro lado, en nuestro país hay muchos descendientes de inmigrantes catalanes. Los hechos de Barcelona nos muestran que la Paz es un artículo que requiere de permanente mantenimiento y cuidados meticulosos para seguir funcionando. En nuestro país, estamos en una época, si no de Paz, por lo menos de una calma muy poco segura. El lenguaje brutal de la corporación de medios de comunicación se traslada a las redes sociales y de ahí a la calle. Todos queremos la paz, pero algunos no quieren la paz. Sería muy importante que todo el esfuerzo que hicieron los organismos de derechos humanos por justicia sin violencia, las manifestaciones de los pueblos originarios, siempre pacíficas, pueda seguir teniendo el reconocimiento de la sociedad, seguir ganando estas largas y trabajosas batallas culturales, para que no se conviertan en simplemente batallas. 

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