La vida también empieza a los noventa

06 April 2017

En este artículo Alberto Subiela pone el foco en lo que considera un nuevo emergente social: los nonagenarios, personas de edad muy avanzada que tienen una gran influencia en el resto de la población, como Mirtha Legrand y Hebe de Bonafini.

Por Alberto Subiela

En los últimos dos siglos los cambios sociales se aceleraron llegando a un ritmo no tan veloz como el de los cambios tecnológicos pero sí mucho más rápido que en los siglos anteriores. Con cambios sociales nos referimos concretamente a la incorporación de nuevos sujetos a la vida social y política. Actores que en la etapa anterior cumplían roles secundarios, se convierten en protagonistas.

El historiador Juan Carlos Torre propone un esquema de progreso social para la historia argentina, sosteniendo que con la Ley Sáenz Peña y el gobierno radical de Hipólito Yrigoyen la clase media se incorpora a la vida política, con el peronismo logra ingresar la clase obrera a través de los sindicatos y los nuevos derechos sociales, y en las décadas del sesenta y setenta aparece un nuevo actor social que es la juventud, peleando por un lugar en la política, pero con logros más significativos en lo cultural, donde los jóvenes dejaron de ser el reflejo de los mayores para convertirse en vanguardia de las modas, del arte, la música. Pero los movimientos sociales siguen y casi sin darnos cuenta está apareciendo un nuevo sujeto social que se gana el protagonismo, como diría Roberto Arlt, por prepotencia de trabajo.

En la década del ’70 era muy raro que existiera una persona de cien años. Cada tanto los medios informaban como curiosidad algún caso en una aldea rusa, en el Ecuador o en algún remoto paraje. La expectativa de vida ha subido notablemente por diversos motivos que exceden el objeto de esta reflexión.

Que los adultos mayores tienen más lugar en la sociedad es algo que se observa claramente desde hace tiempo. Lo que llama la atención es el gran protagonismo que está ganando el sector más alto de los mayores, los grandes entre los grandes, los de más de noventa años. Hasta hace poco, a las personas de esta edad, incluso a las más lúcidas y activas, se las solía tratar con condescendencia, o sólo se las convocaba para hablar del pasado y de la memoria, siempre hablando en el mejor de los casos. Ahora hay dos ejemplos paradigmáticos, Mirtha Legrand y Hebe de Bonafini, de las que no conocemos la edad exacta pero no pueden estar lejos de esa franja. Mirtha Legrand ya era una estrella famosa del cine argentino bastante tiempo antes de que Perón llegue a ser presidente por primera vez, y Hebe de Bonafini ya tenía a sus hijos adultos (luego desaparecidos) en el año ´76, es decir, hace más de cuarenta años; no hace falta hacer más cuentas.

Estas dos mujeres son sujetos activos de la política y los debates sociales y culturales de hoy. Para discutir con ellas hay que usar artillería pesada, no se puede caer en cortesías vacías ni en condescendencias porque destrozan a sus oponentes sin piedad (hablando siempre en el terreno de las batallas de la palabra). Ambas conocen y son conscientes del pasado pero viven la lucha del presente. Ambas tienen enemigos que no tienen empacho en usar las peores calumnias para desprestigiarlas, pero ellas en vez de caer, ganan más impulso, parece que son sus enemigos los que les dan inyecciones de fuerza y vitalidad. El Presidente de la Nación, a pesar de la afinidad ideológica que mantiene con Mirtha Legrand, cayó ante las poderosas maniobras discursivas de la diva, dejando una imagen muy pobre en su comentado encuentro. Por su parte, Hebe, sin la sutileza ni la elegancia de la Legrand, va para adelante en sus objetivos políticos como una topadora. Y si la castigan devuelve golpe por golpe.

Hay otros ejemplos tal vez no tan resonantes. Mario Bunge es el argentino más prestigioso en la filosofía de la ciencia y con 97 años sus palabras y declaraciones públicas pueden resonar muy fuerte en el no tan mediático mundo académico. Carlos Fayt ya era en las décadas del 60 y 70 un jurista muy leído en las universidades, pero su mayor trascendencia mediática se dio hace pocos años, cuando, ya pasados generosamente los noventa años, sostuvo fallos muy sonados en la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

Y más allá de los casos conocidos a través de los medios, en general los de más de noventa tienen una voz cada vez más fuerte en la sociedad. Puede llamársele inteligencia, sabiduría, experiencia, lo que hay que tener en cuenta es que como todos nuevos actores sociales, también tienen sus necesidades y demandas. Una de ellas va por el lado de la salud, ya que estos ejemplos, con su poderosa vitalidad, dejan en claro que las enfermedades que antes se tomaban como naturales en la vejez, como alzheimer, parkinson o demencia, ya no pueden considerarse así, y deben ser tratadas como cualquier enfermedad que aqueja a otros sectores de la población.

Una sociedad democrática debe ser inclusiva, y la inclusión es un proceso que nunca termina. Siempre van apareciendo grupos nuevos que se ganan un rol más activo. Los de más de noventa se están ganando la consideración como una subcategoría de lo que llamamos tercera edad. Pero además la sociedad los necesita. Por eso cuando se habla de inclusión no es solo por motivos humanitarios, la inclusión es una necesidad de todas las partes.

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