Milani, una espina clavada en las organizaciones de Derechos Humanos

22 February 2017

La detención del ex jefe del ejército César Milani plantea una verdadera paradoja para las organizaciones que luchan por los Derechos Humanos, por esclarecer la verdad de lo sucedido durante la dictadura militar, y por hacer que el brazo de la justicia alcance a los que aplicaron el terrorismo de estado.

Por Alberto Subiela

La detención del ex jefe del ejército César Milani dolió y clavó una espina en todas las organizaciones de Derechos Humanos. Tanto Abuelas de Plaza de Mayo como Madres de Plaza de Mayo y otras organizaciones vienen luchando desde hace más de cuarenta años para lograr que se haga justicia con las personas que sufrieron el terrorismo de estado aplicado sistemáticamente por la última dictadura militar.  Y también vienen buscando la verdad para esclarecer lo que pasó.

En estos cuarenta años hubo grandes cambios políticos de diverso signo que tiñeron las luchas de estos grupos. Durante la propia dictadura, las organizaciones de Derechos Humanos fueron un ejemplo de lucha pacífica, marchando para pedir justicia arriesgando la vida (y perdiéndola por esa causa en algunos casos) pero, sobre todo, haciendo un trabajo de difusión internacional de los terribles hechos que estaban pasando en el país, logrando la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en 1979, que documentó numerosos casos de desapariciones, muertes, torturas de personas en manos del estado.

Cuando llegó la democracia, las organizaciones de Derechos Humanos se convirtieron en protagonistas fundamentales del proceso político impulsando, junto al gobierno de Raúl Alfonsín, el juicio a las juntas de comandantes en jefe de las fuerzas armadas, juicio que terminó en las inolvidables condenas contra Videla, Massera y Agosti. A partir de ahí comenzaron otros problemas, ya que las organizaciones exigieron seguir los juicios hacia abajo en la cadena de mandos, sin importar que eso significara ir directamente contra casi todas las fuerzas armadas que estaban en actividad en ese momento.

La respuesta, ahora lo sabemos, llegó con la cara pintada. Hoy se pueden recordar los malos momentos pasados durante las rebeliones de Campo de Mayo, Monte Caseros y Villa Martelli. Tal vez hasta causen cierta gracia las caras de los energúmenos que las dirigían, pero esas rebeliones eran la punta de un iceberg de presiones mucho más duras contra el gobierno de Alfonsín y contra su propia persona. Alfonsín no contaba con ningún aliado dentro de las fuerzas armadas por lo cual la gobernabilidad estaba comprometida. No le quedó más remedio a su gobierno que adoptar las leyes de Punto Final y Obediencia debida, leyes que suspendieron los juicios contra muchos militares que habían cometido actos aberrantes durante la represión. A esta altura es injusta la acusación que desde muchos sectores se hizo al gobierno de Alfonsín de haber “claudicado”. Su frase “Felices Pascuas, la casa está en orden” fue ridiculizada hasta el hartazgo por personas que seguramente nunca tuvieron que soportar las presiones políticas, familiares y personales que tuvo que pasar el ex presidente en esos días.

Quedan para un capítulo aparte los hechos de La Tablada durante los que un grupo llamado MTP, liderado por el histórico guerrillero Enrique Gorriarán Merlo, intentó copar ese cuartel militar. Este suceso es difícil de explicar aunque podemos asegurar que también forma parte de esta historia (algún día sabremos cómo y porqué).

Después llegó Menem a la presidencia inaugurando una mala época para las organizaciones de Derechos Humanos. A pesar de las grandes manifestaciones de protesta, Menem otorgó un indulto a los comandantes en jefe que habían sido condenados. Se dice que el día que lo firmó estaba solo en la casa de gobierno, que ningún funcionario lo acompañó. A pesar de esto, en esos años hubo avances en la búsqueda de la verdad, cuando varios militares reconocieron públicamente que las fuerzas armadas habían cometido actos de terrorismo de estado. El primero fue el prestigioso Martín Balza, que en ese momento era jefe del ejército y que antes había sido héroe de Malvinas. El pacto de silencio de las fuerzas armadas, que hasta ese momento había sido perfecto empezó a mostrar algunas grietas.

Las organizaciones de Derechos Humanos no dejaron nunca de luchar, siguieron buscando y consiguiendo información, se formó el equipo de antropología forense que con un trabajo científico impecable logró encontrar e identificar numerosos restos humanos pertenecientes a desaparecidos en la dictadura. Se consolidó la lucha de Abuelas de Plaza de Mayo, buscando a los niños nacidos mientras sus madres estaban en cautiverio, y que tras la eliminación de estas, la dictadura los dio en propiedad a otras familias, en lo que no solo era una adopción ilegal sino que constituía un secuestro. Y esta fue precisamente la puerta que permitió volver a juzgar a los comandantes en jefe de las juntas militares, ya que estos actos entraron en la categoría de “crímenes de lesa humanidad”, lo que los volvió imprescriptibles.

Para esto fue fundamental el apoyo de Néstor Kirchner, que además jugó una carta muy audaz impulsando la derogación de las leyes de punto final y obediencia debida. Con estas medidas las organizaciones de Derechos Humanos dieron abiertamente su apoyo al gobierno de Néstor Kirchner y de Cristina Kirchner, ya que consideraron que nunca en todo el tiempo transcurrido se había avanzado tanto en la búsqueda de la justicia para castigar a los genocidas e indagar la verdad. Si bien no fueron decisiones fáciles, hay que tener en cuenta que este momento político encontró a los genocidas veinte años más viejos que cuando tuvo que lidiar con ellos Raúl Alfonsín. También lentamente el gobierno fue logrando una reconciliación de la sociedad con las fuerzas armadas. La participación del ejército en las fiestas del Bicentenario, y algunos hechos puntuales lo reflejan.

El que escribe estas líneas recuerda haber pasado en la década del ochenta por la base naval de Playa Grande en Mar del Plata e impresionarse ante los carteles que adornaban las altas alambradas con el mensaje “No estacionar ni detenerse o el centinela hará fuego”; el dibujo aclaraba bien que el centinela no iba a hacer el fuego para invitar al transeúnte a un asadito, sino que mostraba a un soldado disparando su arma de manera bastante convincente. Treinta años después, este mismo escriba asistió al regreso de la fragata Libertad tras haber sido embargada por los fondos buitres en Ghana. El acto fue en el mismo lugar, la base naval de Playa Grande, donde había muchísima gente, habían caído algunos alambrados, había numerosas banderas políticas, jóvenes, viejos y muchos oficiales y suboficiales de la marina mezclados entre todos haciendo su trabajo.

Así, en los últimos años, se logró avanzar con la justicia y la búsqueda de la verdad, lo que, lejos de generar nuevos conflictos entre los gobiernos civiles y las fuerzas armadas, ayudó a afianzar el sometimiento de estas a la Constitución Nacional y al imperio de la Ley. 

Pero… nada es gratis en la vida. Aquí aparece eso que llaman Realpolitik y que consiste en que para lograr algo en política hay que hacer pactos, a veces con el “mesmo diablo”, a veces con algún pariente cercano. Alfonsín nunca logró tener un verdadero aliado dentro de las fuerzas armadas, Cristina Kirchner sí encontró en César Milani una persona capaz de representar su proyecto político dentro del ejército. Los rumores empezaron hace tiempo, pero mientras estaba en posesión del cargo de jefe del ejército Milani pudo sortear las denuncias que pesaban sobre su actuación durante la dictadura. Ahora finalmente fue detenido.

La pregunta es ¿qué van a hacer?, o ¿qué deben hacer las organizaciones de Derechos Humanos? Ya vimos que en cuarenta años de historia han sido incansables en la búsqueda de verdad y justicia, logrando no solo que se condene a los autores materiales del terrorismo de estado, sino también siendo muy duros con los civiles que avalaron esos hechos o incluso cuestionando a quienes, según su criterio, no se comprometieron lo suficiente desde sus lugares de poder para luchar contra la dictadura. Estamos frente a una verdadera paradoja, las organizaciones de Derechos Humanos no pueden sencillamente ignorar o dejar pasar los hechos cometidos por Milani durante la dictadura, pero al mismo tiempo, si dan su acuerdo y su conformidad con que se juzgue a Milani, estarían generando un enfrentamiento, o al menos un desacuerdo, con el kirchnerismo, es decir, con el espacio político que más avances logró en la lucha por verdad y justicia.

Obviamente no tenemos una respuesta. Seguramente algunas divisiones ya existentes entre estos grupos se van a hacer más estridentes a raíz de este tema. Seguramente las agrupaciones que conforman el kirchnerismo revisarán sus estrategias, dejando lentamente de lado ese estilo “ellos o nosotros”, que suele ser útil en los momentos de lucha, cuando hay que cerrar filas y endurecer el discurso, pero que no sirve tanto en los momentos en que hay que sumar y construir.

La historia sigue, está viva. Lo que pasó en Argentina entre 1976 y 1983 fue demasiado terrible como para barrerlo debajo de la alfombra. Y la historia de los que buscaron y buscan verdad y justicia es tan intensa y tan valiosa como la de quienes cayeron ante el terrorismo de estado. 

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