Daniel Climente: “La presencia de la Iglesia en las cárceles da esperanza y herramientas para vivir mejor”

04 January 2017
El padre Daniel junto al papa Francisco y al obispo de La Rioja, Marcelo Colombo.  El padre Daniel junto al papa Francisco y al obispo de La Rioja, Marcelo Colombo.

Durante más de diez años el sacerdote Daniel Climente estuvo a cargo de la Parroquia Nuestra Señora de Luján en la ciudad de Batán, donde junto a la comunidad desarrolló una intensa actividad pastoral, social y cultural. Poco antes de partir hacia su nuevo destino en La Rioja, nos dio esta entrevista donde cuenta parte de sus experiencias, deteniéndose especialmente en el análisis de la vida en la Unidad Penitenciaria.

Por Alberto Subiela

La presente nota apareció en el periodico Compartir lo nuestro, editado por la Cooperativa Batán de Obras y Servicios Públicos. Daniel se tomó un rato en su tarea de hacer el equipaje (mayormente cajas de libros). La charla con unos mates de por medio se fue para el lado de la cuestión carcelaria, dejando así unos cuantos temas en el tintero, ya que necesitaríamos varias entrevistas para ponernos al día sobre la cantidad de actividades que se desarrollan en una parroquia con una zona de influencia tan grande como Batán. Son preguntas que habrá que hacerle al actual cura párroco, Raúl Escudé.  

¿Qué cambios viste en la comunidad de Batán en estos años? 

Yo llegué en el 2005 y fui párroco a partir del 2006. Ese tiempo me sirvió para ir mirando lo que pasaba. Los cambios, para mí han sido muy profundos, en cuanto a la escuela y la parroquia. Y, por lo tanto, cambió también en la relación institucional de la iglesia con la sociedad. En estos días estoy haciendo un balance porque me estoy despidiendo y le tengo que dejar al cura que viene la herencia. Yo veo más apertura de la iglesia a la sociedad. Por ahí cuando estaba el padre Enrique era una etapa en que era importante que la iglesia se fortaleciera, entonces hizo un trabajo más para adentro. Por ahí fue ese el desafío, cuando yo llegué acá no había grupo de jóvenes, no había Cáritas, por ejemplo, por ahí es un poco hacer lo que se hace en todas las parroquias pero al estilo que yo busco más, que es de vida más comunitaria, más familiar, de abrir la Iglesia; muchos me dicen “qué bueno que la Iglesia está abierta”, que es lo primero que pidió el Papa Francisco, que no estén las iglesias cerradas.

¿Esto tiene relación con cambios en toda la Iglesia? 

Tiene que ver con la Iglesia en general, que viene con el Concilio Vaticano II, donde el Papa Juan XXIII convoca a renovarla. En los primeros años fue muy efervescente eso, y después hubo como una involución, como un miedo a lo nuevo. Pero con Francisco se vuelve a renovar esa alegría del Concilio Vaticano II. Lo que nació es un acercamiento más a la persona de Jesús, con una mayor valoración de la Biblia, de la palabra de Dios. Encontrar a Jesús en la lectura de la Palabra. Creo que nosotros tenemos muy fuerte eso de vivir la palabra, y en eso de alguna manera estamos en sintonía con el evangelismo. Acá hay muchas iglesias evangélicas y creo que eso nos une, hay una acentuación en Jesucristo y en la Palabra de Dios. En eso también reconozco la influencia de Francisco que propone mucho caminar con las otras religiones. Yo creo que en eso tal vez me faltó buscar más espacios de encuentro. Con muchos pastores de Batán tenemos muy buena onda, pero faltó trabajar en conjunto.

Y respecto a eso, el Concilio Vaticano II también propuso mucho el diálogo, con el mundo. El encuentro es algo contagioso, cuando hay encuentro, la gente quiere seguir por ese camino. Por eso siempre hay que seguir proponiendo, primero somos poquitos, después se suman más. Por ahí hay que crear espacios de encuentro donde la gente vaya libremente. Y la Iglesia tiene en eso un plus y es que la gente confía, porque sabe que todo lo hacemos de corazón, y que estamos siguiendo a Jesús. Entonces las propuestas nuestras pueden ayudar a humanizar.

¿Cómo fue la experiencia de tu trabajo en la cárcel?

Desde que llegué estoy yendo a las cárceles. En la 50, la de mujeres, soy capellán y también voy a la 15 y la 44, con el equipo de pastoral, donde hay laicos, mujeres y varones. La idea es visitar, puede ser una visita personal por algún pedido personal o de la familia, pero en general son encuentros grupales. Vamos a los pabellones, que se dividen en celdas, que son como dormitorios; en la 44 y en la 50 son de tres o cuatro personas, en la 15 son celdas de dos. Ahí en el pabellón llevamos para tomar mate y leemos la palabra, la Biblia, juntos, rezamos y se da una charla abierta. Tratamos de contener a la familia y lo que estamos ahí vamos con inquietudes, y buscamos generar espacios de entretenimiento porque hay mucho tiempo ocioso. También ayudamos con trabajos de artesanía, ya que también es un tiempo de aprender cosas; esto lo organiza la pastoral junto con otras instituciones y apoyando lo que hace también la misma cárcel. Por ejemplo, tienen carpintería y a veces no tienen material, entonces buscamos conseguir la madera. Así que es también apoyar a que no sea solamente un tiempo de encierro, sino también que sea un tiempo de revisar la vida, de mejorar la calidad de vida. Y es un desafío muy grande. Al ser capellán, yo también soy parte del servicio penitenciario, trabajo junto con ellos en todo lo que humanice y ayude a revisar y a mejorar la vida.

¿Y cómo es la respuesta de la gente, de los internos?

En general la respuesta de la gente es muy buena, después quedan vínculos, algunos recuperan su libertad y han logrado rehacer su vida bien. El tema clave es el de las adicciones, la droga. La mayoría está por traficar o robar para consumir, es así. Y también hay que decir que está preso el que no consigue un buen abogado. Porque los que están arriba de ellos no están presos, así que es un tema. Como Iglesia no queremos ser cómplices de esas injusticias, pero no podemos dejar de ver que tenés que estar ahí para poder cambiar, así que nuestra presencia es de consolación, de esperanza y de dar herramientas para vivir mejor. Yo quiero agradecer a todos los compañeros de este trabajo, de la pastoral carcelaria como del propio servicio penitenciario, que muchas veces comprenden esta situación y se comprometen realmente por la dignidad del otro, en el sentido de poderlos ayudar con su vida.

Hay una película que se llama Brubaker, de Robert Redford, donde el protagonista es alcaide de la cárcel pero se hace pasar por un preso, y termina castigado en la celda de aislamiento, lo que también es una parábola de Cristo, que para salvarnos se hace uno de nosotros. Hay que apelar a lo bueno para cambiar las cosas, por ahí se pueden cambiar las estructuras, e incluso ya hay propuestas de mejoramiento, pero si no se cambia el corazón, si no hay una intención buena de hacer de la cárcel algo más que un lugar de encierro, sino un tiempo de recuperación, el cambio de estructuras no sirve.

¿Cómo es tu futuro?

Ahora voy por un año a la Rioja, es un pedido que le hice yo al obispo; no es que me mandan, es decir, el que me manda es Jesús. Pero yo también lo pedí porque así sentí el llamado a través del obispo de La Rioja que es amigo mío. El año pasado fuimos juntos. Cuando Marcelo fue nombrado obispo de La Rioja me llamó y me dijo: “¿Por qué no te venís, das una mano, hace falta otro sacerdote”. Y bueno, después de tres años, voy a vivir en el obispado y voy a ir a formar animadores y a armar la carpa misionera, ayudando en lo que haga falta. En principio es por un año, luego se verá. Esto es un momento de inflexión en mi vida, llevo treinta años como cura y este año va a ser un cambio, sin la responsabilidad de una parroquia pero sí con un trabajo pastoral al lado de un obispo, ayudándolo. Es algo muy personal este llamado.

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