”Pensar que nuestra industria debe competir contra todo el mundo es un camino suicida”

10 February 2017

El ingeniero Enrique Martínez lleva años en la función pública, siempre en espacios relacionados con la promoción de la industria nacional, luchando contra la corriente en un país al que el establishment prefiere seguir viendo como agroexportador. En esta nota con el programa radial El prisma, nos da su visión del país, y habla de los proyectos puestos en marcha por el Instituto para la Producción Popular, que actualmente lidera.

Enrique Mario Martínez es ingeniero químico y tiene una vasta trayectoria en temas relacionados con la innovación tecnológica-científica. Fue presidente del Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI) entre 1986 y 1988, y entre 2002 y 2011, decano de la Facultad de Ingeniería de la UBA (1973-1974). También fue secretario de la Pequeña y Mediana Empresa de la Nación (2000 – 2001) y diputado nacional (1999 – 2000). Es una de las voces más consultadas para hablar de industria, tecnología y políticas públicas, por sus contribuciones al desarrollo económico y la generación de empleo. Actualmente el Instituto para la Producción Popular (IPP) en el Movimiento Evita.

Convocado por el programa radial el Prisma, de Radio Universidad, conversó con Arnaldo Martínez y Miguel Ángel Ratti sobre la problemática de la Industria, en un momento en que justamente esta se encuentra en retroceso ante la política de apertura del nuevo gobierno hacia las importaciones. La gran experiencia de Enrique Martínez le permite no solo hacer un diagnóstico de la actualidad sino incluso recorrer algunos momentos históricos pero siempre con la mirada puesta en el futuro.

“Nosotros estuvimos recorriendo la política, concretamente la política industrial. Me tocó ser dos veces secretario de la pequeña y mediana empresa bajo distintos gobierno. Debemos empezar por darle algún crédito a cualquier gobierno advirtiendo que la industria tiene problemas nada simples de resolver, porque los países que están en una situación de desarrollo intermedio soportan mucha presión el esquema actual de globalización donde se intenta razonar sobre el mundo sobre el planeta tierra como si fuera un mercado único. La gran mayoría de los países, Argentina entre ellos, se ven arrinconados a pensar solamente en industrias que tengan como factor de competencia un recurso natural muy poderoso y a partir de ahí efectivamente, como el recurso natural no se puede reconstruir  en cualquier lado, se dice “Argentina granero del mundo”; otro país que tiene mucha pesca se dedica a eso y así sucesivamente olvidándose que la gran mayoría de las actividades humanas tienen que ver con la organización de personas no solo con los recursos naturales”

Martínez califica como liberales o neoliberales estas ideas económicas que obligan a cualquier actividad económica del país a competir con todo el mundo.  “El que hace indumentaria es un ladrón porque nos está robando dinero porque los chinos lo podrían hacer mucho más barato, y aparecen las naranjas españolas circulando y todos con la obligación de competir con todas partes del mundo en una sinrazón realmente muy dolorosa. Yo creo que efectivamente hay que empezar por eliminar el prejuicio de que hay que competir contra todo el mundo en términos de eficiencia productiva y que aquello que no produzcamos más barato que otros, (asi sea porque ese otro no le paga el salario a la gente o lo que fuera) debemos dejar de hacerlo. Esa lógica, es una trampa que no tiene solución y terminamos produciendo solo trigo y soja.”

Donald Trump pone trabas  a las empresas que no  se arraigan en territorio estadounidense, cerrando las fronteras para que no entre mercadería para generar trabajo. Argentina abre sus fronteras. Esta política argentina ¿ayuda a fomentar la industria?

De ninguna manera. La comparación con Estados Unidos es normalmente inválida porque Estados Unidos tiene un mercado interno de 300 millones de personas y porque además las más grandes corporaciones del mundo tienen justamente su base en Estados Unidos y han basado su riqueza en construir lo que se conoce como corporaciones huecas dejando su cabeza organizadora y planificadora en Estados Unidos y poniendo la base productiva en los países que pagan los menores salarios. Por eso después de la segunda guerra mundial mudaron su producción a Japón, luego a China y luego al sudeste asiático y ahora intentan desarrollar lugares de producción en Africa (en las zonas sin guerras civiles). Estas decisiones  son mezcla de un estado que se piensa como gobierno del mundo y corporaciones que justamente intentan borrar sus fronteras. Argentina está haciendo exactamente lo que los norteamericanos proclamaban hace cuarenta años al abrir las fronteras. Suponer que debemos competir con todo el mundo es un camino suicida; nosotros no podemos, definitivamente, tener un país que pueda mantener con dignidad un mercado interno de más de cuarenta millones de personas si no tenemos trabajo industrial. 

Usted desde el ‘83 fue parte del INTI con el esfuerzo que significaba buscar un desarrollo industrial para el país. Por su experiencia, ¿Argentina alguna vez tendrá otro destino que no sea el agroexportador?

Desde la década del '50 Argentina viene peleando por defender un escenario distinto. El desarrollo de la industria en un solo país como se consumó después de la segunda guerra mundial, ayudado por los altos índices de protección que el peronismo estableció en la década del cincuenta, generó una industria que desde entonces insólitamente está a la defensiva, con algunos pocos espacios de tiempo en que se la protegió mínimamente, cosa que ha pasado durante los gobiernos kirchneristas. Estamos en una situación compleja. Salgamos de la Argentina un minuto y vayamos a una situación como la italiana. Italia tiene una cultura mucho más prolongada que la nuestra de defender las pequeñas industrias. Y se hicieron famosos en el mundo por instalar la industria a través de redes de cooperación entre la pequeña industria. Cuando uno va a Italia todavía descubre las ciudades del vidrio, las ciudades de la porcelana y así sucesivamente, que tuvieron enorme eficiencia, hasta que los gobiernos italianos también adhirieron a ese esquema de la globalización y, bueno, hasta destruyeron también ese tipo de cooperación. Eso era más fácil de defender que la situación argentina porque tenía base en decisiones políticas y en decisiones culturales. Aquí en Argentina los industriales pequeños, tienen una enorme tendencia a aprovechar esquemas de protección para pasarse de vueltas, para generar pequeños monopolios. En definitiva hacen que en el 2015 y en el 2014 (y no solo allí pasó sino que en la historia pasó muchas veces) nosotros pagábamos la indumentaria y el calzado en valores internacionales superiores a Londres o a Nueva York, no a China, y cuando la mano viene contraria y aparece el liberalismo y promueve la apertura de las fronteras, buena parte de esos productores se convierten en importadores y entonces hacen una industria subibaja que cuando tiene condiciones favorables produce y obtiene enormes beneficios vendiendo con un precio desproporcionado y cuando la mano viene al revés mantiene sus beneficios importando. Bueno, ¿cuál es la diferencia con el ejemplo italiano?, que allá había una cultura de defender un esquema productivo y aquí hay una cultura de defender una ganancia.

Enrique Martínez dedica un especial párrafo en la charla para un gran economista argentino, Aldo Ferrer, quien también luchó por años por la promoción industrial. “Aldo Ferrer fue convocado en el ‘71 por el general Levingston, uno de los presidentes de facto de aquel entonces y tuvo una “primavera” nacionalista en que creó el “Compre Argentino”, un plan que tuvo vigencia bastante tiempo, pero siempre a la defensiva, porque se suponía que era una vergüenza que nosotros, produjéramos más caro algo que se podía importar y en realidad no es una vergüenza en ninguna parte del mundo. Cuando usted quiere vender manzanas a Alemania en la época en que produce manzanas, se tiene que disfrazar de extraterrestre porque no va a poder vender una manzana por los aranceles que tienen los alemanes en la época de producción de manzana en Europa".

Parece imposible formar un empresariado nacional con criterio, casi es un problema cultural.

El concepto de Burguesía nacional ha quedado atrás. Lo que hay que tener es un consenso nacional que entienda que el trabajo, más allá de la producción agrícola y minera, es un fundamento necesario para un país. Yo no coincido con defensores acérrimos como De Mendiguren que defienden a la pequeña y mediana empresa, en realidad los empresarios no han demostrado ser lo suficientemente responsables para tener el liderazgo en un proceso de ese tipo, el liderazgo tiene que estar en la ciudadanía representada por el estado y los empresarios deben ser operadores de un concepto distinto pero quien escuche esto estará pensando que estoy hablando de otro mundo porque culturalmente estamos muy lejos de esa situación.

Usted habla de otro paradigma, ¿nos podría contar qué es el Instituto para la Producción Popular?

Nosotros hemos concluido, después de muchos años de función pública y de pensar que estábamos dándonos una y otra vez contra la pared, que hay una limitación en el capitalismo que es insalvable, esto de poner la ganancia como el fin supremo y que esté en un altar detrás del cual todos construimos nuestra vida. Eso convierte al trabajo en una mercancía y hace que el capitalismo se concentre y no solo domine las herramientas financieras y productivas sino que domine la política. En consecuencia, en el Instituto para la Producción Popular hemos ido avanzando a pensar en los derechos civiles asociados a la producción, es decir en la posibilidad de organizar formas de trabajo en distintos ámbitos que atiendan necesidades comunitarias y no estén detrás del lucro. A nosotros nos interesa encontrar espacios donde los productores busquen satisfacer necesidades de los consumidores y los consumidores reconozcan a esos productores, eso vale para los alimentos de una manera elemental, para indumentaria pero también vale para la energía. En este momento tenemos un monumental problema energético en la Argentina, está ausente un movimiento popular desde la base social que reclame la libertad de generar energía con el uso de células fotovoltaicas o por energía eólica de manera distribuida y consumida en el lugar que se produce. Un modelo que tiene vigencia en Dinamarca, en Francia en Alemania en cualquier país respetuoso de los derechos civiles. Ha crecido un movimiento donde la gente produce su propia energía y eso es democracia económica, eso es producción popular, eso reemplaza progresivamente los valores del capitalismo que imagina que si no hay un empresario que nos convoque jamás tendremos dignidad laboral en el futuro. Este gobierno es el paradigma de esa lógica absurda que sostiene que el único camino es buscar capitales y entonces le estamos imputando su fracaso  porque no consiguió los capitales y en realidad si consigue los capitales nos va a ir peor. Esa lógica es la que la que producción popular intenta modificar.

Uno piensa en la energía eólica y en los mejores vientos que tiene el sur argentino, y piensa en el lugar de las cooperativas de servicios públicos. ¿Hay cabida, hay expectativa, hay posibilidades para que esto realmente pueda crecer?

Nosotros hemos tomado la iniciativa con la modestia de nuestra capacidad de vinculación, tomamos contacto con muchas cooperativas de servicios porque estamos convencidos de que las cooperativas de servicios tienen que pasar de ser distribuidoras de energía a productoras de energía, tanto las cooperativas que pueden hacer uso del sol como las cooperativas que pueden hacer uso del viento y las vemos muy entrampadas en el drama en la situación dolorosa que les plantea el sistema actual donde, en realidad, las cooperativas de servicios tratan de sobrevivir con los precios que le fijan las productoras de energía y las condiciones que a su vez le fija el gobierno para venderle energía a los consumidores. Son claramente el jamón del Sandwich. Las cooperativas de servicios y todas las distribuidoras están en esa misma situación, salvo las dos o tres que están privilegiadas por el gobierno nacional y se les perdonan deudas y todo tipo de cosas, pero las cooperativas tendrían que entender que el problema se soluciona no negociando mejores precios para comprar la energía y consiguiendo que les permitan aumentar cada tanto la energía que venden a sus consumidores, sino generando su propia energía, generándola con sus usuarios, con los techos de las personas que viven en un pueblo. En este momento hay ciudades pequeñas que están discutiendo la instalación de centrales térmicas para mejorar su capacidad de disponer de energía. El otro día tuve contacto con gente de Benito Juárez por ejemplo, y no hay suficiente fuerza civil para discutir por qué una central térmica y no una central de generación de energía fotovoltaica que surja de la energía generada en los techos de toda la ciudad.

¿Usted cree que el INTI podría colaborar en este desarrollo?

Yo creo que no. En los nueve años que fui presidente del Inti durante el kirchnerismo tuve absoluta libertad para tomar iniciativas y pensar soluciones a los problemas comunitarios y en este momento en toda organización de ciencia y técnica está atenazada y estrangulada por un reclamo absurdo de generar sus propios recursos, de vender consultoría y solamente atender a quienes puedan pagar la consultoría convirtiéndolas en oficinas mercantiles de ventas de conocimiento. Entonces, si los temas que se estudian los genera la demanda, cómo el Inti se va a poner a trabajar en la generación de energías renovables si las que debieran trabajar con ello son las cooperativas de servicios que no solo no están estimuladas especialmente para hacer eso sino que no tienen dinero.

Todos los temas en que actualmente está trabajando el Instituto para la Producción Popular están desarrollados en la página  www.produccionpopular.org.ar.

 

El audio completo de la entrevista:

Lo más leído

logo50 Acción 1

Noticias Zonales

Opinión