San Martín para todos

21 Agosto 2017

por Alberto Subiela

No hay ninguna duda de que San Martín es el Padre de la Patria. Con los años la Historia cambió, cambiaron los protagonistas, los héroes y los villanos, pero la figura de San Martín sigue vigente, y nos une como nación y como ejemplo. Reflexión inspirada en clases del profesor Raúl Fradkin allá lejos y hace tiempo.  

 

Toda nación necesita de relatos, de personajes, de héroes, e incluso de villanos. Necesita en definitiva de una historia, que va mucho más allá de la ciencia histórica, que sólo narra hechos verdaderos. Los mitos, las leyendas compartidas, tienen tanto o más valor. También la religión y el idioma tuvieron y tienen un peso muy grande en la conformación de las naciones. En países de Europa y Asia, las identidades nacionales nacen de antiguas leyendas, a veces mezcladas con hechos históricos. En esos lugares se pueden encontrar monumentos, edificios, templos, de cientos, y a veces hasta de miles de años. En esos lugares, los espacios públicos pueden tener nombres de santos, mártires, guerreros, emperadores o hasta de personajes legendarios, como Rómulo y Remo. Huelga aclarar que en el proceso de formación de esas identidades nacionales hubo encontronazos y conflictos. Tradiciones culturales enteras fueron borradas de la historia. Cuando los españoles derrotaron a las rebeliones indígenas de Túpac Amaru y Túpac Katari, prohibieron a los pueblos aborígenes usar sus vestimentas, hablar su lengua y celebrar sus fiestas. Para sostener el poder, era más importante eliminar las tradiciones y valores culturales, que castigar a los disidentes políticos (cosa que, por las dudas, también se hizo). Por su lado, la propia Madre Patria padeció, y padece todavía, cruentos enfrentamientos, entre el centralismo capitalino y las autonomías regionales que siguen luchando por el reconocimiento de su cultura, su lengua, y también por qué no, de sus derechos económicos. Otras culturas fueron cambiando, se fusionaron, mutaron. En algunos países, las identidades nacionales son previas a la formación del propio estado, como en Italia y Alemania. En la Argentina el proceso se dio de manera inversa, la nación se conformó después del estado.

Somos una nación muy nuevita, no tenemos antiguas leyendas porque la colonización europea arrasó a las culturas originarias. No tenemos antiguos relatos, casi no tenemos edificios de más de doscientos años de antigüedad. Entonces todos nuestros relatos de identidad fueron creados por la elite dirigente, vencedora en las interminables guerras civiles del siglo XIX. Por eso, para Mitre, Sarmiento, Alberdi y muchos de los integrantes de esa elite gobernante, era tan importante, la lucha política y militar como la reflexión y la escritura sobre el pasado histórico.  Ambas actividades tenían el mismo peso en la conformación de la nación. Y esa cultura compartida tuvo como centro de difusión a la institución escolar.  La escuela se convirtió en el templo donde se rindió culto a los nuevos héroes, a los que se llamó Padres de la Patria. Así aparecieron San Martín, Belgrano, Moreno, Rivadavia, integrando un panteón nacional que también integraron luego, los propios Sarmiento y Mitre, y poco después, Roca. Aparecieron también los villanos, los “malos”, Rosas, Facundo Quiroga, Artigas, los que estaban en contra de la cultura europea, de la educación y de todo el orden civilizado. Pero no fue tan fácil. La joven nación pronto tuvo sus nuevos conflictos. Las diferencias políticas y económicas pronto se fueron al campo de las ideas. En la década del treinta apareció un grupo que puso en cuestión todo el relato original de nuestra nación. Se llamaron revisionistas, y pusieron en marcha una nueva interpretación de la historia que no pudieron llevar a las escuelas, por lo menos en sus inicios, pero encontraron un campo fértil de prédica a través de la venta de libros. El éxito editorial de autores como José María Rosa o Ernesto Palacio, puso en cuestión a los mismísimos próceres fundacionales de nuestra patria. Muchos jóvenes, universitarios, militantes políticos, leían con avidez aquellos libros y sentían la aventura de cometer una extraña profanación ante frases como “Rivadavia es un vendepatria”.

Y se armó la discusión. ¿Rosas fue un patriota o un tirano loco y asesino? Y Facundo Quiroga? Además, con las nuevas investigaciones aparecieron hechos que habían sido olvidados de la historia, como el incómodo plan revolucionario de operaciones de Moreno, o el fusilamiento de Dorrego. Nacieron nuevos héroes y los próceres se convirtieron en villanos. Pero la Historia (la ciencia histórica) siguió su curso, y aparecieron nuevas discusiones y problemas. Los pueblos originarios volvieron a ocupar un lugar. Las luchas de los obreros ganaron espacio en la investigación. Aparecieron nuevos héroes como Calfucurá, Pincén, Mariano Rosas, Antonio Soto, el gaucho “Facón Grande”, Cipriano Reyes, Felipe Vallese.  Y el protagonismo de las mujeres en la Historia creció, con la figura de Eva Perón como punta de lanza. Con las nuevas interpretaciones históricas crece también la idea de los héroes colectivos. Las luchas sociales ganaron protagonismo por sobre las luchas militares o políticas. Poco a poco se empezó a tomar en cuenta el protagonismo de la multitud, los héroes anónimos y disminuyó la consideración de los próceres individuales.

Todas estas nuevas visiones de la historia, barrieron con lo anterior, aunque nunca llegamos al extremo de tirar abajo estatuas, como pasó con las de Lenin en las antiguas repúblicas soviéticas. Sin embargo, una figura se mantuvo incólume, fuera de toda discusión. Es la figura del General San Martín, el padre del Patria. La historia liberal de Mitre lo entronizó, los revisionistas le volvieron a dar ese lugar como nuestro máximo luchador contra el imperialismo extranjero. Los revisionistas de derecha, simpatizantes del fascismo, lo mostraron como ejemplo de disciplina, orden y autoridad. En la escuela lo vimos como ejemplo de padre a través de sus exitosas “máximas”.

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La izquierda de los setenta lo reivindicó también en su lucha por la Unidad latinoamericana.  Hay ejemplos un poco más confusos y discutibles como  los grupos que están a favor de despenalización de las drogas, que resaltaron el uso de opio y láudano por parte del general, o hasta quienes hablaron de su supuesta homosexualidad. Hay San Martín para todos, el Padre de la Patria ampara a todos sus hijos. Su figura entra en todas las polémicas y sale airoso en todas. Como en Chacabuco y Maipú San Martín vence en todas las batallas dialécticas.  En una de las pocas ocasiones en que se puso en discusión su figura, fue después de un libro de Rodolfo Terragno, cuya tesis central sugería que San Martín era una especie de enviado del Imperio Británico y que no hacía otra cosa que cumplir órdenes en toda su campaña militar.

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Más allá de lo que digan las fuentes consultadas en esa obra, la tesis no es razonable. San Martín era un militar con una carrera brillante en el ejército de España, y si decidió desertar para luchar por la independencia de las colonias americanas, fue propia voluntad y convencimiento. Obviamente, nadie puede ser el Libertador de América “solo”. Estuvo en Inglaterra, se unió a sociedades secretas, forjó contactos políticos internacionales de alto nivel, y seguramente el curioso y arriesgado plan de combate no se le ocurrió a él solo.  El sentido de esas sociedades secretas, llamadas masónicas, era justamente coordinar planes revolucionarios en contra del Antiguo Régimen, es decir, contra las formas políticas, ideológicas y sociales arcaicas, como la monarquía absoluta, la servidumbre y las ideas contrarias al desarrollo de la ciencia. En estas sociedades, San Martín se nutrió de la experiencia y las ideas de numerosos revolucionarios de América. La pertenencia de San Martín a las logias masónicas había motivado, pero de esto hace ya bastantes años, otra polémica, que tenía como centro la idea de que, por esta pertenencia, San Martín sería una especie de enemigo de la religión católica. Esta idea es equivocada, porque se fundamenta en creer que la masonería tiene por objetivo luchar contra la religión. No es así, las logias masónicas no tienen puntos de conflictos con la fe cristiana, aunque las antiguas jerarquías eclesiásticas conservadoras las hayan visto como un peligro, por su intervención en las luchas por cambios sociales.

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San Martín nos une y nos da pertenencia a la nación. Los alemanes tendrán a sus nibelungos, sus valkirias y sus caballeros teutones como antepasados, para enorgullecerse. Los mongoles tienen en su memoria, haber sido el imperio más grande del mundo en las épocas del guerrero Gengis Khan. No tendremos la gran muralla china, ni el arco de Triunfo, construido por Napoleón, en homenaje… ¡a Napoleón! Pero los argentinos tenemos a San Martín. No lo olvidemos.

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